Un hombre muy joven llegó a un campo de leñadores con el objetivo de obtener un empleo.
Durante su primer día de labores trabajó muy duro y logró un excelente resultado: taló muchos árboles.
El segundo día, en cambio, aunque trabajó más duro que el primero, los resultados no fueron buenos: sólo consiguió talar la mitad de árboles del día anterior.
Durante el tercer día se propuso talar tantos árboles como el primero, pero su producción no reflejaba su esfuerzo. Golpeaba casi con furia el hacha contra los árboles, pero obtenía cada vez menos resultados.
El capataz, que estuvo observándolo desde el comienzo de su labor, al ver su gran esfuerzo y sus pobres resultados, se acercó al joven y le preguntó:
¿Se te ha ocurrido que tal vez el hacha esté necesitando una afilado?
El joven respondió desconcertado: Realmente no he tenido tiempo de hacerlo, he estado demasiado ocupado cortando árboles.
¿Te has sentido tú alguna vez como este joven? ¿Golpeas con fuerza ese problema y no consigues una solución? ¿Le metes muchas ganas a un proyecto y no ves que se tenga ningún progreso? ¿De pronto estás luchando con todas tus fuerzas por conseguir tener una mejor relación con tu familia? ¿Cuál es ese árbol que intentas derribar y no lo consigues? ¿Has hecho una pausa en el camino y en tu afán, para ver mejor qué es lo que está pasando?
Tú y yo tenemos muchas preguntas; andamos por la vida con afanes, estrés o rabia, lo cual, finalmente, nos fatiga de tal manera que no conseguimos avanzar por más que lo deseamos.
Cuando esto suceda, buenos son unos ejercicios espirituales, unas vacaciones o un simple descanso, para afilar el hacha del entendimiento, de la paciencia, de la tolerancia, del olvido, del perdón… del…
¡Bueno!.. ya me has entendido.





